Psiconutrióloga Alicia Acosta.
EL 30% de la población infantil presenta Sobrepeso u obesidad en diversos grados y el 36% de los adultos mayores de 50 años lo padecen en México.
Probablemente Ustedes se preguntarán, ¿por qué, relaciono la infancia con los adultos mayores?, pues bien; la epidemia de la obesidad en su mayoría es atendida solo para los adultos, poniendo escusas para el tratamiento de los niños debido a las etapas del desarrollo y a los abuelos (as, adultos mayores) que ya vivieron les justifican la obesidad para terminen su vida como quieran y felices, "¡Qué otra cosa pueden hacer, sino es comer!". Pero si estas justificaciones continúan siendo más fuertes que la realidad; el índice de mortandad, se elevará por enfermedades silenciosas como la diabetes, el colesterol, las alteraciones hepáticas y del riñón, además de enfermedades crónicas degenerativas como el cáncer, la leucemia infantil entre ellas y más alteraciones orgánicas.
La Organización Mundial de la salud, estima que 17.6 millones de niños menores de 5 años tienen sobrepeso y en algunos casos obesidad relacionada con trastornos degenerativos. Esta epidemia se ha incrementado debido a la alimentación que proveen los adultos a sus hijos y el tipo de alimentación de adultos mayores de 50 años.
La falta de educación nutricional, el sedentarismo, los conflictos familiares, la presión laboral y social, además de la excesiva campaña publicitaria de productos de comida saturada en productos nocivos para la salud. La obesidad es considerada cuando sobrepasa el 20% del peso ideal. Entre los 2 y los 7 años la mayoría de los pediatras calculan el aumento de peso mediante la fórmula que multiplica la edad por 2 y al resultado se le suma 8.
A partir de los 8 años ya podemos medir el índice de masa corporal (IMC), que resulta al dividir el peso del pequeño o del adulto mayor entre la estatura al cuadrado. La conducta compulsiva de ingerir alimentos saturados (chatarra) prevalece debido a papás que trabajan sin tener tiempo para elaborar alimentos ricos en nutrientes para la hora del recreo de sus hijos o debido a horarios reducidos para salir a comer, el gasto energético de los hijos o de los adultos mayores tiende al sedentarismo debido a las actividades de la televisión o el computador. En otros casos las modificaciones genéticas en el cromosoma 6 se deben a que este codifica la obesidad al gestar hijos en estado de obesidad. Otro causal de obesidad es la simbolización afectiva que tienen algunos padres con sus hijos por los sentimientos de culpa que se generan al pasar tan poco tiempo de calidad con ellos, por lo que deciden establecer una dinámica familiar que incluye la sobrealimentación como expresión de cariño y en su defecto les enseñan a controlar las emociones con los alimentos, “Las penas con pan son menos” expresión propia de la cultura mexicana. Según el criterio de la Organización mundial de la salud (OMS) un índice menor a 18.5 implica desnutrición, de 25 a 30 sobrepesos, superior a los 30 se considera obesidad leve y cuando supera el índice de 40 se considera obesidad mórbida. Solo en el caso de niños deportistas el índice puede ser alto por el gasto energético que estos llevan a cabo, además de que el peso corresponde al músculo y no a la grasa.
Los niños que inician su obesidad entre los seis meses y los siete años de edad tienen una elevada probabilidad de obesidad toda su vida, pero el riesgo se incrementa si se convierten en obesos sin ser ayudados si tienen entre diez y trece años debido a que su tejido graso se multiplica en esta etapa. Los trastornos de la anorexia y la bulimia se pueden gestar también en estos rangos de edad debido a que un niño(a) de siete años ha aprendido la tendencia cultural de interpretar la belleza como símbolo de delgadez y puede llegar a colocar esto como una norma social para elegir amigos o compañeros de juego discriminando a los obesos.
La discriminación social se desvanece y se debilita en la etapa adulta, por lo que los adultos dejan a un lado la prioridad de intervenir en casos de obesidad que por supuesto también afecta el desempeño de niños y adultos mayores provocando introversión, inactividad, apatía entre otros trastornos conductuales que agravan el conflicto interior.
El cuerpo de los niños como el de los adultos mayores, de igual forma pagará el precio ante las consecuencias que su gordura provoque. Sufrirán alteraciones cutáneas, ortopédicas, cardiovasculares, disturbios hepáticos, dificultades respiratorias, cansancio crónico, sudoraciones excesivas, hipertensión, niveles altos de colesterol o insulina en sangre hasta llevarlos a padecer una diabetes tipo 2.
Alarmante muchos consideramos este tipo de reflexiones, pero nos invita a la reflexión sobre la naturaleza de la importancia de la imagen corporal de nuestros hijos y de nuestros familiares adultos mayores, quienes además de cuidados y diversiones requieren de una dieta equilibrada apoyada en suplementos que les permitan recuperar el autocontrol de su salud y la autoestima. En casos necesarios ayudarlos mediante un tratamiento psicológico adecuado a este padecimiento, los cuales integren programas enfocados a fortalecer la conciencia y la práctica de alimentación nutritiva y la recuperación de la autoestima corporal.